Maestría Medicina Familiar

Naturaleza de la Maestría en Pensamiento Complejo con orientación a la Medicina Familiar (Investigación Integrativa)

¿Qué sabemos los médicos?
Los médicos sabemos muy bien la forma en que se organiza el sistema de salud en Occidente: siguen bastante de cerca al modelo anglo-sajón de la medicina institucional. Eso se traduce en una visión bastante reduccionista del quehacer médico, aunque, debemos reconocerlo, ha producido una gran cantidad de beneficios en la práctica de la medicina. Esto es particularmente cierto en la atención de segundo y tercer nivel; sin embargo, la aplastante mayoría, más del 80%, de los problemas de salud en la población en general, se enfrentan en la atención de primer nivel. Ese es el panorama desde el punto de vista estrictamente pragmático. No obstante, existe otra posibilidad de pensar la realidad de las enfermedades, no forzosamente opuesta a la que hemos mencionado. ¿En qué consiste?

El medio familiar y la realidad
Para comenzar a responder esa pregunta se vuelve necesario reconocer que aquello que llamamos comúnmente “realidad”, aunque nadie sepa qué es a ciencia cierta, es el mundo en el que ineludiblemente nos movemos, tanto a nivel externo como a nivel interno. Ello significa que el pensamiento no sólo es una parte de lo real, sino que contribuye significativamente a su construcción, su interpretación, su percepción, etc. Así, lo real está formado por todo lo que sucede en el espacio y en el tiempo, como las enfermedades, los enfermos, sus entornos y condiciones, lo agradable y lo desagradable, lo que es fruto de nuestras elecciones libres y lo que se nos impone, a veces incluso, desde antes del nacimiento,… Pues bien, de esas condiciones, destaca el medio familiar como aquél en el que generalmente transcurren los primeros años de nuestras vidas, los más cruciales en muchos sentidos. ¿Podría acaso el médico soslayar esa realidad a la hora de pensar una solución al problema de salud de su paciente? Desde luego que no; es más, el médico debe indagar hasta donde sea posible lo que concierne a la persona toda.

La espera de lo inesperado
Aun cuando la realidad no es un concepto claro, sí que podemos afirmar la realidad de la persona. En sí la persona, en cuanto que posee las características que le permiten participar en la sociedad intelectual y moral de los otros entendimientos, es conciencia de sí, razón, es decir, capacidad para distinguir entre el bien y el mal, entre lo verdadero y lo falso (persona moral), capacidad de determinarse por motivos que puedan justificar el valor frente a los demás seres razonables; en cuanto que es manifestación fenoménica de su persona moral, es persona física, individuo humano, alguien. Finalmente, en cuanto que posee derechos y deberes determinados por las reglas de la convivencia social, la ley. Principios todos estos criticables en su formulación, pero que innegablemente reflejan una estratificación del hombre en su totalidad; y la crítica principal le podría venir de la falta de un elemento explícitamente trascendente. Sin embargo, el devenir mismo de la totalidad, en la impredictabilidad absoluta de sus fenómenos, garantiza la espera de lo inesperado, la actitud de la persona que se reconoce incompleta, inacabada y en permanente creación y recreación. En el momento en que la persona se considera como un yo uno y permanente, ejerciendo su función psicológica de individuo, se constituye en personalidad.

Un espíritu que nunca logra abrazar la totalidad
Estructura y fenómeno humanos se encuentran permeados por la temporalidad; no sólo la duración da cuenta de la complejidad del hombre, es necesario recurrir a la carga específica de cada instante, carga de eternidad, para sopesar la historia. A la memoria humana pertenece mucho más, infinitamente más, de lo que bibliotecas, museos y archivos puedan contener. El inconsciente freudiano es individual, está amasado con vivencias particulares; pero, por debajo de él, Jung detectó la presencia de un inconsciente genérico, universal, en el cual anidan protorrecuerdos y protofantasías que corresponden a los albores de la especie. ¿De dónde procede, por ejemplo, nuestra idea de felicidad? Es curioso que la felicidad se considere siempre como una privación, no como una carencia. ¿Por qué? Probablemente ahí subsiste la vaga noción de un paraíso ancestral perdido… La dicha primordial de las entrañas maternas pasaría a ser des-dicha en la vida actual, perdiéndose aquella presunta felicidad. La existencia sería entonces como un dolor en la memoria, el dolor de un miembro amputado, que, no obstante, sigue doliendo. Al hombre le duelen las alas, es decir, le resulta terriblemente oneroso existir un cuerpo que está destinado a ser cadáver (i.e. CAro DAta VERmibus, carne dada a los gusanos), intuir un espíritu que nunca logra abrazar la totalidad, amar a un Dios que nunca ha visto… La única diferencia entre un muerto y un vivo radica en que el primero ya no puede intentar ocultar su miseria.

La grandeza y la miseria
El misterio del devenir humano abraza la grandeza y la miseria, el exceso y la precariedad; momento a momento la evidencia certera y el misterio, aparentemente impenetrable, se imponen a nosotros. Estos dos aspectos, igualmente obvios, no solamente son alternativos, sino que se mezclan en nuestra convicción espontánea, provocan simultáneamente nuestra reflexión y, sin fundirse el uno en el otro, suscitan indefinidamente la inquietud metafísica, como sucede con las nociones de continuidad y discontinuidad en las ciencias físicas. Este “dualismo” debe ser tomado en serio para evitar los realismos equívocos y los idealismos inestables. La finitud, tan constatable cotidianamente, no es per se el mal; es más bien la traducción perceptiva de una realidad no absolutamente interpretable.

El hombre y la vida con su destino y su sentido
“¿Tiene la vida humana, sí o no, un sentido y el hombre un destino? Actúo sin ni siquiera saber qué es la acción, sin haber deseado vivir, sin conocer con precisión ni quién soy, ni siquiera si soy. Esta apariencia de ser que se agita en mí, estas acciones ligeras y fugitivas de una sombra, me dicen que conllevan una responsabilidad eternamente pesada y que, inclusive pagando el precio de la sangre, no puedo comprar la nada porque para mí ya no es; estaré entonces condenado a la vida, condenado a la muerte, condenado a la eternidad. ¿Cómo y con qué derecho si no lo sabía ni lo quería?” De esta manera nos induce M. Blondel a pensar en el acto humano, a tomar en serio la existencia de esa singularidad impredecible que es el hombre.

Un posgrado orientado a la realidad humana y a las siguientes capacidades
Pues bien, un posgrado como la Maestría Pensamiento Complejo con orientación a la Medicina Familiar se detiene en todos estos elementos fundamentales de la realidad humana en la enfermedad, a la luz de la rica perspectiva de la complejidad del mundo real. En consecuencia, se adquiere la capacidad de:

  • Pensar la realidad de los seres humanos concretos en la enfermedad;
  • Considerar la red de relaciones de la persona como jugando un papel fundamental en el reconocimiento de las enfermedades, en su tratamiento y en la búsqueda de un sentido en el caso de las enfermedades crónico-degenerativas;
  • Ubicar los distintos padecimientos en relación los unos con los otros, formando complejos relacionales de gran valor pronóstico en las enfermedades;
  • Ver en el paciente no sólo un problema por resolver, sino a un ser humano íntegro y complejo a quien, como médicos, tenemos la oportunidad de ayudar;
  • Emprender trabajos de investigación, es decir, originales, en materia de salud;
  • Contribuir a la realización de las personas que se someten a nuestros cuidados profesionales;
  • Convertirse no sólo en un médico integral, sino en un médico integrado al medio familiar de sus pacientes, como un referente intelectual, moral, social y profesional de la salud.